Entre tú – que me lees – y yo: estoy bien. Estoy reposando, mejorando, recalibrando y reflexionando como nunca. Ya se sacó físicamente lo que ya yo había sacado mental y espiritualmente. Ahora sigue el monitoreo y el seguimiento con mi maravilloso equipo de médicos – a quienes agradezco con todas mis fuerzas su atención, pero sobre todo, su humanidad.
Quien no lo sepa ya, lo reitero: ésta ha sido una de las experiencias más difíciles, pero al mismo tiempo y maravillosamente, es una de las etapas más enriquecedoras de mi vida. El amor que me ha llegado – de todas formas y maneras – me ha fortalecido y me ha demostrado, como me dijo un gran amigo: «de que se puede vivir con el corazón abierto». Tal vez, no pueda hablar por un tiempo o contestar los mensajes, pero los leo todos. He estado reposando y siguiendo al pie de la letra las instrucciones de mis médicos, tal y como me dijo una mujer muy sabia, especial y amada: «Descansa tu voz, tu mensaje sigue resonando por todos lados!»
Quiero compartir contigo los tres momentos más extraordinarios en este proceso. El primero fue cuando Steven, mi ex novio y ahora uno de mis mejores amigos, y mi adorado hijo Coquí regresaron a casa luego de la cirugía. Ese amor incondicional y esa fuerza de la conexión que tenemos los tres – fue «para pelos». Increíblemente, Coquí fue directo a la boca y me olía, me miraba con ternura y me decía con sus ojos: «estoy aquí». Con Steven, no hubo necesidad de palabras, pues aún cuando no seamos pareja, nuestro amor se transforma a cada día y nos mantiene unidos.
El segundo fue cuando Mami insistió en llamarme, aunque no pudiera contestarle. Me dijo: «escúchame, no hables, sólo siente mi amor». Y es que es tan intenso e incomparable ese amor que sólo una madre puede dar. Ha sido de lo más hermoso de esta experiencia. Escuchar su voz mientras me da mensajes de aliento, de fuerzas, de amor. Siendo ella sobreviviente de cáncer, su mensaje se hace aún más poderoso.
El tercero fue cuando desperté de la cirugía e inmediatamente recordé la última estrofa de mi poema favorito ‘Invicto’ de William Ernest Henley, que termina diciendo: «No importa cuán estrecho sea el camino, / cuán cargada de castigo la sentencia. / Soy el amo de mi destino; / soy el capitán de mi alma». Esa ha sido mi actitud ante este reto: yo mando en mi cuerpo, yo mando en mi vida. Pues, como todo buen puertorriqueño, ante la adversidad, echamos pa’lante.
En fin, esta experiencia ha sido de innumerables lecciones, de un profundo amor que no se puede poner en palabras, de un silencio que me ha conectado más conmigo y con mi gente, con el universo. Ahora más que nunca, me reafirmo en que no tengo miedo, pues el amor me acompaña siempre y vivo en amor. Como he expresado todo el tiempo: el amor todo lo puede, el amor todo lo transforma, el amor siempre vence. A vivir, pues, con el corazón abierto…








