
Aunque Luna fue rescatada, fue ella quien me rescató.
Ese día, yo llevé a casa de mi amigo Karlo un interesado en adoptarla. Cuando llegamos, dijo “tengo una jaula lista para ella”.
De inmediato y sin pensarlo, le dije, “lo siento, pero ella se queda conmigo. Ella nació para ser libre”. De ahí nació su nombre: Luna Libertá.
Yo acababa de regresar a vivir a Puerto Rico y sin tener aún un apartamento, no lo pensé dos veces.
En ese instante, siempre clara de lo que quería —antes de decir que me quedaría con ella— Luna caminó hacia mi, se subió a mi falda y nos tiramos nuestras primeras fotos.
Karlo la cuidó unos meses hasta que conseguí apartamento y desde entonces, fuimos inseparables.
Jamás imaginé que Luna transformaría mi vida. Ustedes la vieron crecer, ser feliz, amar y ser amada.
Estuvo conmigo en los momentos más difíciles de mi vida. Fue mi refugio y consuelo, pero sobre todo fue mi luz y esperanza.
Nuestra conexión fue insuperable. Ella me decía todo con la mirada. En casa, Luna era la jefa —toda una alfa.
Era noble, leal, protectora. Dulce como ninguna. Valiente como pocas.
Era intuitiva. Me protegió de gente malsana. Me defendió —con su propio cuerpo— de la persona que más daño me ha hecho. Me amó sin medida.
Tenía una intensidad fulgorosa y una bondad aleccionadora.
Dirán que estoy loco al celebrarle tantos atributos, pero quien ha tenido seres vivientes como Luna saben a lo que me refiero.
Luna, vives en mi. Tu esencia me hará ser aún mejor tras tu partida. Tu espíritu me guía para emular el amor con el que caminaste en este plano.
Ojalá pueda honrarte con cada paso que dé. En tu nombre, cuidaré de Ginger —y te amaremos, por siempre.










