Por un Puerto Rico para tod@s: ponencia magistral en Coloquio Del Otro Lao

“Siendo iguales los deberes, son iguales los derechos”, expresaba contundente y claramente el mayagüezano Eugenio María de Hostos. Y no es casualidad que nos encontremos en Mayagüez en este coloquio internacional, ya en su tercera edición, para hacer valer esa promesa de igualdad. Yo sé donde termina este viaje — de eso no tengo duda — pero cuán cerca o cuán lejos estemos depende de cada un@ de nosotr@s.

El estado de situación legal de las comunidades lésbica, gay, bisexual y transgénero (LGBT) en Puerto Rico es uno de desigualdad y discriminación. A principios de este año, mientras el gobernador Luis Fortuño ofrecía su mensaje del estado de situación del País, las personas LGBT seguíamos viviendo con ciudadanías de segunda categoría, sin los mismos derechos que ya tiene la gente heterosexual. De hecho, Fortuño ni tan siquiera mencionó propuestas específicas para las minorías sexuales, como por ejemplo, hacer valer su promesa de campaña de prohibir el discrimen.

Veamos dónde nos encontramos, cuál es nuestro estado de situación legal. En este momento,  la revisión del Código Civil se ve en peligro tras la homofobia exhibida por la copresidenta de su comisión revisora, la senadora Itzamar Peña, quien indicó que la vida y las necesidades de las personas lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros son “cosas extrañas y ajenas a nuestra idiosincrasia”. Permítale decirle, senadora Peña, que sus expresiones inmorales y desacertadas son las cosas extrañas y ajenas a nuestra idiosincrasia. La realidad es que la Legislatura tiene que revisar el Código Civil para que acoja a tod@s l@s puertorriqueñ@s — irrespectivamente de su orientación sexual o identidad de género — por encima de opiniones sin fundamentos como la de ella.

Es más, que no se le ocurra a nadie — como ya han sugerido — movernos del Libro de las Instituciones Familiares al Libro de Contratos, porque algo está más que claro: las parejas del mismo sexo no somos objeto de contratación. El mover a las parejas del mismo sexo y heterosexuales que conviven sin casarse al Libro de Contratos es una afrenta a la dignidad de estas relaciones. Somos tan familia como cualquier otra y en el Libro de las Instituciones Familiares tenemos que ser reconocidos como tal. No somos objetos de contratación, somos producto del amor y del compromiso.

Aprobar un Código Civil que no otorgue la igualdad de derechos a las personas LGBT sería un ejercicio fútil y una burla a los principios de igualdad y de justicia básicos en una democracia. Tenemos que recordar que amplios sectores —profesionales de la salud, abogados constitucionalistas, líderes religiosos, defensores de los derechos civiles, miembros de todos los partidos y del mismo gobierno — se expresaron en favor de la igualdad de derechos para todas las parejas, así como en favor del cambio de sexo en el certificado de nacimiento para las personas transexuales.

Si a esto le añadimos que amplios sectores hemos exigido que el Proyecto de la Cámara 1725, que fue aprobado por la Cámara de Representantes y que pretende prohibir el discrimen por orientación sexual, sea enmendado para incluir en igualdad de condiciones la identidad de género y que no contenga excepción religiosa alguna — pues quiere decir que el trabajo está incompleto.

Debemos velar porque la Policía y el Departamento de Justicia cumplan con la ley de crímenes de odio e investiguen los crímenes motivados por prejuicio en contra de la orientación sexual o identidad de género de las víctimas. Es preciso hacer valer una ley que existe desde el 2002 en contra de los crímenes de odio y la orden ejecutiva para prohibir el discrimen por orientación sexual e identidad de género en el empleo público — que otorgó el beneficio del plan médico a las parejas del mismo sexo.

Urge que nuestra Legislatura enmiende la recién aprobada ley de adopción de modo que no discrimine contra las parejas del mismo sexo o heterosexuales que conviven sin casarse, o en contra de las personas solteras, incluyendo a las personas LGBT. Además, ante la falta de protección contra la violencia doméstica, se tiene que enmendar la Ley 54 para que proteja a las parejas del mismo sexo.

La Legislatura y el gobernador no pueden temerle a otorgar la igualdad de derechos a tod@s l@s puertorriqueñ@s sólo por entender que algunas de las propuestas son controversiales. L@s legisladores no pueden rehuir a su obligación constitucional de instrumentar la igualdad. Esa igualdad es una sola y acoje a tod@s sin excepción. Esa igualdad incluye a las personas LGBT. Atemperar nuestras leyes a la realidad del Siglo 21 no es tan sólo una obligación constitucional, es una obligación moral. Es hora de que l@s legisladores y el gobernador asuman su responsabilidad ante todo el País. Es hora de acabar con este estado antidemocrático de desigualdad y discriminación.

Ahora bien, el estado de situación social de las comunidades LGBT es más vibrante y diverso de lo que podría parecer a simple vista. En los últimos años, el movimiento LGBT puertorriqueño se ha ido diversificando cada vez más. Cada vez son más las personas que salen del clóset, cuentan sus historias y abren caminos de respeto y solidaridad. Han surgido nuevos escenarios y espacios que muestran la rica diversidad de nuestras comunidades LGBT, tales como la concepción, organización y puesta en escena de la Jornada Educativa Contra la Homofobia — ya en su tercera edición — por mis compañer@s de la Junta Coordinadora de Puerto Rico Para Tod@s, Nahomi Galindo Malavé y Roberto Pastrana Pagès.

Se han abierto nuevos espacios LGBT en el internet como GConcierge Magazine, Conexion 5, Papel Mag y GNetwork, que destacan la cultura de nuestras comunidades LGBT. Vale destacar al colectivo literario Homoerótica, que magistralmente ha organizado lecturas mensuales sobre temas que van desde la identidades LGBT, el vih/sida y la homofobia. Es impresionante el trabajo del Proyecto Tanamá, pionero en velar por la salud, la seguridad y el bienestar de las personas transgéneros y transexuales.

La juventud ha dado cátedra, como el Comité contra la Homofobia y el Discrimen, realizando algunas de las manifestaciones más numerosas en nuestra historia como movimiento, tales como la protesta contra el discrimen en el establecimiento 8 de Blanco, la marcha del Día Internacional contra la Homofobia y la asistencia vigilante al proceso judicial seguido contra el asesino confeso de Jorge Steven López Mercado.

El oeste dice presente con este Coloquio ¿Del Otro La’o? en el Recinto Universitario de Mayagüez de la Universidad de Puerto Rico, ya en su tercera edición. El Movimiento Gay Estudiantil del Recinto Universitario de Mayagüez ha estado sumamente activo como demostró recientemente con su Marcha por la Equidad en la Diversidad. Ya para el 2012 el distrito de Mayagüez-Aguadilla contará con un aspirante abiertamente gay a representante en Luis Ibrahyn Casiano.

Resulta también esperanzadora la realización del Puerto Rico Queer Filmfest, un exitoso festival de cine con temática LGBT que acaparó la atención del País y que ya parece convertirse en un espacio permanente en el País. Como si fuera poco, recientemente tuvimos la satisfacción de observar el primer comercial del Grupo Unido Pro Conciencia y Tolerancia de Puerto Rico con su campaña ‘Odiar te pudre’. Merece destacarse la extraordinaria labor pastoral que hacen más de 7 iglesias de puertas abiertas a las comunidades LGBT. Además, contamos con dos paradas de orgullo LGBT a las que asisten más de 15,000 personas a cada una anualmente.

Se quedan muchas otras iniciativas sin mencionar, que están haciendo la diferencia no tan sólo en las vidas de las personas LGBT, sino que están llegando a muchas personas heterosexuales que reconocen y respetan la diversidad y que creen en la igualdad. Sólo quería presentar hoy una muestra amplia de la vibrante diversidad del movimiento LGBT, un movimiento que luego de más de 35 años de lucha, de presencia, de resistencia y perseverancia, está listo para lograr la igualdad, y sobre todo alcanzar la justicia de vivir en una sociedad que reconoce a todos sus miembros en igualdad de condiciones.

En fin, el estado de situación social actual de nuestras comunidades LGBT es esperanzador. No es que quiera decir aquí que tenemos un sentido de comunidad arraigado, ni que hayamos desarrollado una conciencia plena de clase para utilizar nuestro voto inteligentemente o para presionar efectivamente al poder oficial para lograr la reivindicación de nuestros derechos. Tampoco hemos terminado de combatir los prejuicios dentro de nuestras propias comunidades LGBT, como el racismo, el sexismo, la xenofobia, el clasismo y cualquier otro prejuicio que aún nos impide reconocer la maravillosa diversidad de nuestra sociedad. Tampoco hemos reconocido que la homofobia internalizada de algun@s les ha hecho cometer errores como el apoyar los arrestos de hombres que tienen sexo con hombres en público, sin reconocer la homofobia detrás de estos arrestos, cuyos casos — todos — se caen en los tribunales por ser violaciones a los derechos civiles. Aún así, tenemos un movimiento diverso, vibrante, talentoso y activo, aunque necesitado de mayor dirección y cohesión para lograr nuestra meta de igualdad.

Es preciso entonces, para enfrentar el futuro, mirar al pasado. En mi caso personal, como participante activo de esta lucha desde 1997, cuento con una experiencia de más de una década, lo suficientemente amplia para reconocer lo que hemos vivido y mirar al futuro esperanzado. Es por esto que mi visión de lucha ha sido enmarcada en esta máxima: no hay nada más intimidante que una persona que afirma su identidad, pues el respeto que un@ se gana siendo fiel a quien un@ es no tiene precio. Ello me ha quedado probado por mi experiencia de vida.

Cuando a mis 13 años de edad, organicé una caminata en contra de las drogas y unos años más tarde — para la primera guerra en Iraq — realicé una caminata en pro de la paz, pude comprobar la verdad de esa máxima. Al principio de la marcha, me dió con irme delante del cruzacalles que encabezaba la caminata y empecé a saludar a la gente que nos miraba pasar. De momento sentí un fuerte halón que me llevó hasta detrás de la pancarta y escuché la voz de mi madre que me dijo: “Tú no eres ni más, ni menos que nadie. Tú eres igual, así que camina con la gente”.

Esa corta pero profunda lección me marcó tanto que se fue convirtiendo en mi filosofía de vida. Desde entonces, he hecho lo que esté a mi alcance para recordarme y recordar a tod@s a mi alrededor que los seres humanos no somos más, ni menos, sino que somos iguales.

Como parte de ese proceso, un@ tiene que empezar por respetarse a sí mism@, saber quien un@ es y afirmar esa identidad. Es por ésto que he sido claro, transparente sobre mi identidad. Soy un hombre de 35 años, orgullosamente gay, puertorriqueño de pura cepa, que vive con vih y que es activista de derechos humanos. Esas son partes de mis características y las he expuesto no tan sólo porque me respeto, sino porque exijo respeto de l@s demás.

Y es que no hay nada más poderoso para un ser humano que su identidad. Nadie te puede definir, te defines tú. Nadie te puede hacer daño cuando tú expones quien eres — y eres fiel a quien eres. Pues cada vez que salimos del clóset, la gente entiende nuestra humanidad y abrazan nuestra identidad. Y claramente, se hace mucho más difícil el discriminar cuando hay una cara, una vida, una persona que conoces. Es por ésto que no me arrepiento de contar mi verdad, aún cuando un@ tenga que combatir prejuicios, ignorancia y temores.

Eso fue lo que sucedió en el seno de mi familia. Cuando salí del clóset, entraron en una etapa de negación. Con amor y diálogo, se movieron a la tolerancia. Con aún más amor, llegaron a la aceptación de mi identidad. Pero con respeto y pleno entendimiento de mi humanidad, llegaron a la celebración — a la celebración de mi vida, de mi identidad, de mi ser en su totalidad.

Es tal vez en la encrucijada vital en que nos encontramos como pueblo en este momento, la hora de reafirmar nuestra identidad. Es un acto de valentía, honestidad e integridad que nos dará las fuerzas para enfrentar a los más grandes miedos. Cada vez que un ser humano se reafirma en su identidad, reafirma su dignidad. Yo apuesto al poder de la identidad, siempre.

Es con esta filosofía arraigada en mi ser que quiero dar una mirada a mis pasados doce años de activismo — un tercio de mi vida — para ver dónde hemos caminado y trazar el curso a seguir, o como dijo el poeta: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Es con esta visión de vida que empecé en esta lucha por los derechos LGBT un 14 de octubre de 1997. Fui entonces en mi capacidad de ciudadano a deponer en las vistas públicas legislativas para oponerme al infame Proyecto 1013, hoy ley, que logró impedir el reconocimiento legal en Puerto Rico de los matrimonios entre parejas del mismo sexo realizados en jurisdicciones extranjeras.

Esa vista marcó mi vida, mucho más de lo que imaginaría. En aquel entonces, allí mismo en el Capitolio, justo después de deponer, decidí incursionar en la política. Aunque ese había sido mi sueño desde pequeño, el reconocer mi homosexualidad y al ver tantos mensajes homofóbicos en nuestra contra, pensé que nunca podría tener una carrera política. Pero al encontrarme de frente con una homofobia legislativa tan cruda, tan descarada, tan inmoral — decidí que ése era precisamente el momento y el vehículo para intentar acabar con ese absurdo discrimen.

Fue así, como en enero de 1998, anuncié desde el púlpito de la Iglesia Metropolitana Comunitaria Cristo Sanador, una iglesia de puertas abiertas, mi aspiración como la primera persona abiertamente gay en correr a un puesto público en Puerto Rico. Desde entonces, mi vida no ha sido igual. En aquel entonces, era un político que resultaba ser gay. La homofobia en la política intentó socavar los cimientos de mi ser, trataron de quebrar mi espíritu, atentaron contra mi vida, asustaron a mi gente amada y me forzaron al exilio momentáneo. Pero cuatro meses en la fría capital estadounidense fueron suficientes para reconocer que no podía vivir en el miedo y que debía regresar a luchar.

Regresé a Puerto Rico, sin aspiraciones políticas, pero con una agenda clara de lucha por la igualdad LGBT. Me convertí en activista. Aprendí de nuestra lucha y conocí la gesta de l@s much@s que vinieron antes que yo. Sus vidas, sus historias, sus legados son ejemplos imprescindibles para l@s que estamos en el frente de batalla.

En el 2002, junto con la Fundación de Derechos Humanos y su presidenta Ada Conde, depuse en las vistas legislativas con miras a la creación de la Ley de Crímenes de Odio, que se convirtió en la primera ley local en reconocer la orientación sexual y la identidad de género como clases protegidas. Aunque se logró un triunfo legislativo, la ley creada ha sido prácticamente letra muerta porque aún cuando hemos tenido más de 20 asesinatos y muchísimos delitos más que deberían ser investigados como crímenes de odio, al día de hoy ni uno solo ha sido catalogado como tal.

En el 2003, nuestras comunidades LGBT dieron una de sus mayores batallas, pero también obtuvieron uno de sus mayores logros. La Legislatura puertorriqueña decidió revisar el Código Penal, incluyendo en su borrador el infame Artículo 103 de sodomía, que ilegalizaba toda relación que no fuera pene-vagina y que tenía como objetivo el criminalizar a las personas LGBT. O sea, que hasta ese entonces, las personas LGBT éramos ciudadan@s de tercera categoría, éramos criminales ante el Estado.

Durante dichas vistas legislativas, en las que participé como ponente, también pude presenciar la ponencia de la entonces Secretaria de Justicia, Anabelle Rodríguez. En su presentación ella no quiso comentar sobre la constitucionalidad de dicho artículo y dejó el asunto en manos legislativas. Mi molestia e indignación fue tal que decidí enfrentar allí mismo a Rodríguez. Le confesé que había cometido el delito de sodomía y la reté a que me arrestara. Su cara de teléfono ocupado, de disgusto y sorpresa, fue seguida con una petición de que fuera a radicar una querella en contra de mi mismo. Quedó en evidencia entonces — como había logrado demostrar unos años antes la reverenda Margarita Sánchez en una acción similar — que ese Artículo 103 era letra muerta.

A las pocas semanas, el Senado puertorriqueño votó para derogar el Artículo 103, justo antes de que el Tribunal Supremo estadounidense derogara todas las leyes de sodomía de los estados y los territorios.

Ese mismo año, luego de ese triunfo histórico, decidí fundar la organización Puerto Rico Para Tod@s, que lucha por la inclusión y la igualdad de derechos para las comunidades LGBT, así como por la justicia social para todos los seres humanos. La organización tiene tres objetivos principales: educar al pueblo sobre el rechazo al prejuicio y el valor de la inclusión, monitorear los medios de comunicación para que presenten imágenes veraces y respetuosas de todos los sectores, y abogar por proyectos de ley y gubernamentales para lograr la igualdad y la justicia social.

Desde entonces, hemos estado luchando, sin parar por la inclusión y la igualdad para las comunidades LGBT. Nuestro trabajo habla por sí solo y no abundaré, pues lo importante es que ese instrumento de lucha está ahí, haciendo alianzas dentro y fuera de nuestras comunidades, en solidaridad y respeto para adelantar un Puerto Rico para tod@s. En fin, el nombre de nuestra organización no tan sólo es un nombre bonito y esperanzador, es nuestra razón de ser.

En el 2005, decidí aceptar una oferta para trabajar en el movimiento nacional LGBT estadounidense. En primera instancia con la organización que lucha por la igualdad en el matrimonio para las parejas del mismo sexo, Freedom to Marry. Y desde hace cuatro años, con la organización nacional más antigua en los Estados Unidos que lucha por la igualdad LGBT, el National Gay and Lesbian Task Force. Desde el municipio #79 de Puerto Rico, la ciudad de Nueva York, he estado trabajando con el movimiento LGBT puertorriqueño desde la diáspora, pero realizando viajes frecuentes al País para decir presente en las luchas más importantes nuestras.

La revisión del Código Civil, una de las más arduas y edificantes luchas de los últimos tiempos, sirvió para educar a nuestro País sobre la desigualdad y evidenciar el discrimen que existe en contra de las comunidades LGBT. Sin lugar a dudas, uno de los momentos más controversiales fue cuando depuse ante las vistas legislativas lideradas por el ex senador Jorge de Castro Font. Justo antes de comenzar y al finalizar mi ponencia, besé públicamente a mi entonces novio, Steven Toledo. Las cámaras captaron el momento y fue colocado en primera plana bajo el titular: “Amor gay sacude al Capitolio, beso público en busca de legalidad”.

Las reacciones no se hicieron esperar, tanto dentro como fuera de nuestras comunidades, algun@s absurdamente lo catalogaron de “nefasto”. Pero muchísim@s más, a través de miles de mensajes y de fotos que me llegaron de personas LGBT, expresaban que al fin nos retrataban dignamente, que se veían representad@s fielmente en ese gesto de amor y aplaudían la manera en que se destacó ese acto político de mostrar nuestro amor en público. Y miles de personas heterosexuales igualmente se comunicaron para decirme que ya era hora de que tengamos los derechos que ell@s ya tienen.

Ahora bien, la revisión del Código Civil no se ha terminado y he venido proponiendo algunas guías para que tengamos claro de lo que se trata cuando regrese a discusión este importante conglomerado de leyes. En primera instancia, el propuesto Código Civil reconoce la autonomía del individuo al proteger su personalidad, la cual no puede ser concebida sin incluir la identidad sexual y de género. Dentro de la amalgama de variaciones del sexo y del género, es necesario señalar que la orientación sexual y la identidad de género se manifiestan como rasgos inmutables, no como preferencias pasajeras, ya que nadie escogería ser lesbiana, gay, bisexual o transgénero sólo para ser discriminad@.

En segunda instancia, apoyo con reservas la propuesta para crear uniones de hecho para parejas heterosexuales, así como para parejas del mismo sexo. Esta medida garantizaría que las miles de parejas que están desprotegidas de derechos puedan, inmediatamente después de la aprobación del Código Civil, comenzar a acceder servicios de salud, de seguridad, de vida y de herencia, así como tomar decisiones médicas y acercarse a la igualdad plena que merecen todas las familias. Que quede claro: las uniones de hecho no equivalen a la igualdad en el matrimonio.

Equiparar a las uniones de hecho con el matrimonio es falso, engañoso y representa una táctica para tratar de confundir a este pueblo y negarnos cualquier tipo de derechos. Las uniones de hecho no proveen ninguna de las más de 1,138 protecciones que otorga el matrimonio, desde el seguro social hasta la seguridad de que la relación legal entre dos personas comprometidas que se aman será respetada fuera de su lugar de origen. No es lo mismo, ni se escribe igual. Las uniones de hecho no nos otorgan la igualdad plena de derechos a las parejas del mismo sexo.

La igualdad que la Constitución garantiza a todos los puertorriqueños es una e indivisible. No admite rangos ni excepciones. La Asamblea Legislativa está moral y legalmente obligada a instrumentar los mandatos constitucionales de igualdad. La negación del derecho al matrimonio a las parejas del mismo sexo es contraria a dicha obligación y no sobrevive el escrutinio estricto requerido por la Constitución.

Ante la inevitabilidad de la igualdad, nos preguntamos cómo es posible que aquí en Puerto Rico, donde el derecho a la intimidad tiene rango constitucional y opera, además, sin necesidad de legislación, se pretenda ignorar la situación de desigualdad de las minorías sexuales por falsos moralismos. La completa separación de Iglesia y Estado dispuesta en nuestra Constitución y los derechos de libertad e intimidad reconocidos por el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, nos obligan a reconocer que el derecho puertorriqueño debe ser fiel reflejo de los valores de inclusión de nuestra sociedad, una sociedad que se enorgullece de su aspiración de igualdad en el trato a todos los seres humanos.

La moral no se basa en preceptos religiosos, la moral es no sectaria; la moral se basa en la dignidad del ser humano y como es respetada por los demás conciudadanos, tanto así que la inviolabilidad de esa dignidad es defendida por nuestra Constitución. Y ya que hablamos de moralidad, definámosla. La discriminación es inmoral. La violencia doméstica es inmoral. Atentar contra la dignidad de un ser humano es inmoral. El robarle a las personas que viven con vih/sida es inmoral. Por el contrario, respetar la diversidad es moral. Hacer valer la igualdad es moral. El amar a una persona es moral. Decidir compartir la vida junto a ese ser amado es uno de los actos más nobles y morales que existen.

Resulta irónico que a una pareja comprometida que se ama se le niegue la igualdad basándose en argumentos bíblicos, pero se ignoran convenientemente las demás implicaciones bíblicas del matrimonio. Sin embargo, la Biblia hace un llamado supremo al amor, a la integridad y a la justicia en todas las relaciones, precisamente lo que hacemos las parejas del mismo sexo, amarnos contra toda adversidad. Aún con el rechazo de algunos sectores de la sociedad, aún con la falta de derechos iguales, aún con la discriminación que nos acosa, las parejas del mismo sexo seguimos amándonos, formando familia y aportando a la sociedad.

Este debate también dejó claro que el Estado no puede obligar a otras iglesias a hacer algo que vaya en contra de sus dogmas, tampoco puede ninguna iglesia particular pretender obligar al Estado a ir en contra de la igualdad ante la ley de todos los seres humanos. ¿Acaso no reconoce el dogma cristiano la doctrina de que al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios? ¿No reconoce la Iglesia moderna la separación de Iglesia y Estado?

Lo que solicita algún grupo fundamentalista — discriminar en contra de las comunidades LGBT — atenta contra nuestro estado de derecho y contra nuestro esquema constitucional, contra nuestra libertad y contra la indispensable separación de Iglesia y Estado. Si se permite que un grupo fundamentalista se imponga en este asunto hoy, ¿qué impide que otro grupo no intente imponer sus dogmas en torno a otros asuntos a los demás grupos mañana? Lo irónico es que al atentar contra la separación de Iglesia y Estado, los grupos fundamentalistas atentan contra sí mismos, contra su propia autonomía y libertad de culto. La separación de Iglesia y Estado es un necesario complemento de la libertad de culto. La libertad de culto no es más que una manifestación del derecho a la personalidad, a la libertad y a la autonomía personal: es decir a la conciencia y a la intimidad.

Hace apenas unos años se reafirmó la separación de Iglesia y Estado cuando la Legislatura al fin procedió a la despenalización de las relaciones entre personas del mismo sexo, así como cuando la Universidad de Puerto Rico se convirtió en el primer patrono del Estado en reconocer derechos a las parejas de sus emplead@s LGBT. Debemos preguntarnos ahora, si el Estado ha decidido reconocer las relaciones de las parejas del mismo sexo, ¿por qué no se establece un marco legal que permita el desarrollo estable de la convivencia de estas parejas y de sus hij@s? Lo que nos corresponden son los derechos, responsabilidades y protecciones legales que otorga el Estado a dos personas que deciden unirse y comprometerse por amor.

Vale la pena recordar que España pasó de la intolerante dictadura franquista, apoyada por la Iglesia Católica, a la igualdad en el matrimonio en menos de 30 años. Sudáfrica pasó de la segregación racial y los horrores del Apartheid a la igualdad en el matrimonio en menos de 16 años. Si estas democracias incipientes han hecho grandes avances para garantizar la igualdad ante la ley de todos los seres humanos, ¿qué espera la democracia puertorriqueña — que tiene una de las Constituciones más avanzadas del mundo — para estar a la altura de los tiempos y para garantizar nuestras mejores aspiraciones de justicia e igualdad?

Justicia e igualdad que ha eludido, además, a una de las comunidades más olvidadas por nuestro estado de derecho y por nuestra sociedad: las personas transgéneros y transexuales, quienes recurren a métodos estrictamente legales para vivir una vida ordinaria. Es por éstas razones, que apoyamos la justicia parcial, contenida en el borrador del Código Civil, de permitir el cambio en el encasillado de sexo en el certificado de nacimiento a las personas que viven con un género que no está tradicionalmente asociado con el sexo asignado al nacer. Pero igualmente pedimos que se haga justicia plena, que se enmiende esta disposición para que no tenga que ser certificada únicamente por médicos que confirmen la realización de una operación de reasignación de sexo.

Bajo las protecciones que conceden la libertad de expresión, el derecho a la intimidad y a la no discriminación, la igual protección de las leyes, la inviolabilidad de la dignidad y el derecho amplio a la libertad, este cambio tiene que permitírsele a toda persona que decida vivir su vida de acuerdo con su identidad de género, sin que se le exija pasar obligatoriamente por un peligroso, doloroso y costoso proceso de reasignación quirúrgica. Afirmar que la falta de este requisito quirúrgico podría causar cambios caprichosos de los datos registrales es ignorar el sufrimiento y el esfuerzo que lleva consigo el conseguir que el sexo vivido se corresponda con el oficial.

La Asamblea Legislativa tiene que remendar el desacertado fallo de nuestro Tribunal Supremo cuando no fue consecuente al decidir de manera diferente en casos idénticos. Hace nueve años, el Supremo reconoció el derecho a cambiar el encasillado de sexo en su certificado de nacimiento a una mujer transexual y hace sólo cuatro, se lo negó a otra mujer igualmente transexual, quien sólo ha pretendido vivir una vida ordinaria por medio de métodos estrictamente legales. Es por ésto que hoy Alexandra no ha salido a la luz pública, porque nuestro máximo tribunal la relegó a una ciudadanía de tercera categoría, obligándola a vivir con el estigma de la discriminación todos los días, violando su dignidad.

La Asamblea Legislativa tiene que proteger la dignidad de Alexandra para que el día en que este Código Civil sea efectivo, ella pueda cambiar su certificado de nacimiento y no tenga que seguir recurriendo a explicaciones y sufriendo humillaciones porque su identidad de género, como ella es vista por la sociedad — o sea una mujer — no compagina con lo que establece ese documento que niega su realidad. Lo que se le exige a la Asamblea Legislativa es un pequeño cambio en el documento de vida de una persona, pero un cambio justo para garantizar la dignidad y la igualdad de cada ser humano que recurre a métodos estrictamente legales para vivir la vida ordinaria a la que todos tenemos el derecho inalienable de vivir.

Me pregunto, a modo de hipótesis, qué tal si fuera al revés. Qué tal si la mayoría fuéramos personas lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros. Qué tal si el matrimonio sólo fuera legal para las parejas del mismo sexo. Qué tal si no permitiéramos a las personas cambiar el apellido en el certificado de nacimiento para atemperarlo a su nueva realidad. Qué tal si permitiéramos la discriminación contra las personas heterosexuales. Una mayoría dentro de una democracia no puede imponerle a la minoría sus creencias. De hecho, para eso está la democracia, para garantizar los derechos iguales a cada un@ de sus ciudadan@s, ya sea una sola persona o cuatro millones de personas.

Si fuera por lo que dice la mayoría, el matrimonio reservado para la familia de padre y madre con hijos no tendría derechos, ni protecciones. Si fuera por lo que dice la mayoría, el matrimonio interracial no se hubiese reconocido y las mujeres continuarían siendo propiedad de sus maridos. Si fuera por lo que dice la mayoría, la Legislatura hubiese favorecido la unicameralidad.

Si fuera por lo que dice la mayoría, todavía las mujeres vivirían sin derechos, el divorcio estaría prohibido y los negros aún serían esclavos. Lo que en un momento era ley porque lo dictaba la mayoría, tuvo que inevitablemente convertirse en el reconocimiento de los derechos de todos, la igualdad ante la ley. Y eso es lo que debe suceder también, ahora, con la revisión del Código Civil.

Esta discusión motivó al hijo predilecto de l@s fundamentalistas, el ex senador De Castro Font, a presentar la infame Resolución 99 — que pretendía ilegalizar toda relación que no fuera el matrimonio heterosexual, metiendo a la discriminación en nuestra Constitución. Esa infame resolución se presentó con la justificación de que la familia está bajo ataque. Ese es el argumento que se presentó para intentar enmendar la Constitución para prohibir que futuras generaciones puedan reconocer a las parejas del mismo sexo el derecho al matrimonio.

Al absurdo concepto de que la familia está bajo el ataque de las parejas heterosexuales que se divorcian, fornican, adulteran, usan píldoras, condones y otros anticonceptivos, practican sexo oral, recurren al sexo premarital y al extramarital y se niegan a casarse, algunos propusieron como remedio que se prohíba que las parejas del mismo sexo puedan casarse. ¿Desde cuándo se protege a la familia atacando a los miembros más vulnerables de la sociedad?

No basta que el matrimonio entre personas del mismo sexo ya esté prohibido por estatuto y no basta que no hay ni un solo proyecto de ley presentado para permitir la igualdad en el matrimonio para las parejas del mismo sexo. No basta que el Tribunal Supremo claramente ha demostrado tendencias homofóbicas. No, no basta. Con el País en quiebra, pretendían gastar casi una decena de millones de dólares en un referendo para distraer al pueblo y complacer a un pequeño grupo de fanáticos intolerantes. El remedio propuesto para evitar los divorcios rampantes es que las parejas del mismo sexo no puedan casarse. Como si evitar el matrimonio de algún@s evitará el divorcio de otr@s. ¡Qué manera de proteger a la familia! ¡Qué medida tan pertinente e innovadora!

Los proponentes de esta enmienda anticonstitucional parecen esperar que con la prohibición absoluta del matrimonio a las parejas del mismo sexo, los divorcios heterosexuales se reducirán. Sí, porque absurdamente piensan que la gente no valora la familia y su matrimonio porque hay la posibilidad de que en algún momento en el futuro las parejas del mismo sexo se puedan casar. Y porque falsamente argumentan que mientras haya la posibilidad de que las parejas del mismo sexo tengan el derecho al matrimonio, eso significa que el matrimonio entre heterosexuales no vale nada. ¡Qué argumentos!

Sí, pero para penalizar a los heterosexuales por conductas que violan dogmas religiosos, para eso la Asamblea Legislativa no se presta. Si l@s legisladores propulsores de esta enmienda fueran consecuentes consigo mismos y en verdad creyeran que una interpretación bíblica ambigua, estricta y anticuada es suficiente razón para legislar y da pie a negarle el derecho a las parejas del mismo sexo a su igualdad ante la ley, entonces esta Asamblea Legislativa tendría que penalizar el divorcio, la fornicación, el sexo premarital, el sexo oral, el uso de anticonceptivos y otras conductas que violan los dogmas religiosos. Con penas de verdad, no con estatutos que todo el mundo sepa que nadie cumplirá. Queremos ver cuál entre l@s legisladores va a proponer que l@s divorciad@s, cuyos matrimonios no se anularon por la vía religiosa, no van a poder volver a casarse.

Y, de paso, por qué no se aprovecha y se penalizan la gula, la avaricia, la envidia, la mentira, la hipocresía, la profanación y otros pecados. Por qué no damos vuelta atrás y prohibimos el trasplante de órganos, las vacunas, la investigación genética para propósitos médicos, la prolongación de la vida y el derecho a determinar la muerte propia, todos los cuales han sido incorporados por esta misma Asamblea Legislativa al ordenamiento jurídico de Puerto Rico, a pesar de la oposición inicial de algunos grupos religiosos.

¿La Asamblea Legislativa tiene la capacidad de interpretar lo que es ético y moral en Puerto Rico o no? ¿Dónde está la lista de legisladores que presentarían las leyes que hemos mencionado para fortalecer la familia y la moral puertorriqueña? También nos preguntamos, ¿dónde están los legisladores que enfrentarán a la Iglesia Católica y solicitarán que se investiguen los abusos sexuales contra los niños en Puerto Rico? ¿O es que como no hay votos por eso, entonces esas violaciones legales y morales no cuentan? ¡Hipocresía, eso es lo que parece imperar en la Legislatura puertorriqueña!

L@s funcionari@s públic@s tienen que cumplir con su obligación constitucional de instrumentar la igualdad, pues cuando juramentaron su posición fue con la mano en la Biblia, jurando defender la Constitución. No fue con la mano en la Constitución, jurando defender la Biblia. Esos derechos inalienables, constitucionales, morales tienen se tienen que reconocer a tod@s l@s puertorriqueñ@s.

Recordemos que la despenalización de la sodomía constituyó un reconocimiento explícito de un hecho innegable: la homosexualidad no es una enfermedad ni una patología. Dicho reconocimiento tiene que venir acompañado, entonces, de otras medidas que permitan a los miembros de las comunidades LGBT progresar y cohabitar en la sociedad como cualquier otro ser humano y en igualdad de condiciones, sin que a su vez se desvalorice la diversidad y la diferencia.

El debate al que se enfrentan ahora los legisladores y los puertorriqueños en general, es si a las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgéneros se les permitirá tener una vida en pareja estable o si la sociedad prefiere mantener a las parejas del mismo sexo y a sus hijos en la invisibilidad y precariedad legal. En otras palabras, la pregunta no es ya si se permitirán las relaciones entre personas del mismo sexo, sino qué tipo de relaciones entre parejas del mismo sexo la sociedad prefiere. Se fomentarán las relaciones estables o se mantendrá la exclusión social y el silencio que envenena a nuestra sociedad. Al contestar esta pregunta, los legisladores deben recordar no sólo los derechos constitucionales de las personas LGBT, sino si hay algún bien social, algún interés apremiante que se adelante o asegure con negarle la estabilidad a las parejas del mismo sexo.

¿Cómo se afectarán entonces los derechos de los heterosexuales con la concesión de un marco de igualdad a las parejas del mismo sexo? La obvia respuesta a esta interrogante es que no habrá cambio alguno que no sea positivo. Todo lo contrario, conduciría a una sociedad más democrática e inclusiva.

El reconocimiento de derechos a las personas LGBT no significa retrocesos ni violación de los derechos de la mayoría heterosexual. Lo que sí significa es que Puerto Rico es una sociedad madura que está dispuesta a aceptar la pluralidad que siempre la ha caracterizado. Una sociedad que no permite que los prejuicios sirvan de base para la discriminación sin fundamentos. Una sociedad tan de avanzada como otros países en el mundo.

Esta propuesta enmienda es una violación a la obligación legislativa de instrumentar el mandato constitucional de igualdad y es un atentado en contra de la dignidad de los seres humanos. En nuestra historia como pueblo nunca se ha enmendado la Constitución para discriminar y mucho menos para restringir derechos, sino para reconocerlos.

Esta propuesta enmienda es peligrosa porque podría provocar que en el futuro se utilice la Constitución para eliminar otros derechos protegidos, en especial a religiones, partidos políticos minoritarios, la prensa y otras minorías. Que no olviden los legisladores que la Constitución de Puerto Rico le concede igualdad, justicia y libertad a tod@s l@s puertorriqueñ@s, no solamente a la mayoría de l@s puertorriqueñ@s. Esta propuesta enmienda fue derrotada con consenso tripartita en el 2008.

Esto nos trae a las elecciones del 2008, cuando los cuatro partidos políticos, por primera vez en la historia, presentaron propuestas para adelantar los derechos de las comunidades LGBT. Las propuestas fueron variadas, siendo la más débil la del partido gubernamental, cuando sólo prometió prohibir el discrimen por orientación sexual en el empleo.

Luego de inicialmente excluir a las personas transgéneros y transexuales de protección contra el discrimen y luego de mucha presión de base comunitaria, el Proyecto de la Cámara 1725, que fue aprobado con una gran mayoría de l@s representantes, fue incluída la identidad de género como parte de la definición de la orientación sexual y no como una clase protegida aparte, como ya se ha reconocido por varias leyes y órdenes en Puerto Rico. Como si fuera poco, se incluyó una excepción religiosa, aún cuando la constitucional separación de Iglesia y Estado es suficiente garantía para que el Estado no se inmiscuya en los asuntos de la Iglesia y viceversa.

La prohibición al discrimen tiene que ser total, absoluta, sin excepciones ni exclusiones. La igualdad que promete la Constitución es clara: es para tod@s l@s puertorriqueñ@s, y ese proyecto se queda corto. Hay que ver si el presidente senatorial, que nos llama “torcidos, enfermos mentales y criminales”, le dará paso en el Senado.

Con lo cual llegamos a uno de los momentos más definitorios para las comunidades LGBT puertorriqueñas. En noviembre del año pasado, el macabro asesinato del joven gay de 19 años, Jorge Steven López Mercado, no tan sólo sacudió los cimientos de las comunidades LGBT, sino que le abrió los ojos a much@s en Puerto Rico sobre la cruda realidad del discrimen y la violencia homofóbica a la que somos sujetos las personas LGBT.

Siendo uno de los crímenes más atroces en nuestra historia como pueblo, aquell@s que no querían reconocer que existe el discrimen en contra de las comunidades LGBT, tuvieron que reconocerlo. El País se estremeció, las comunidades LGBT se unieron como nunca para llevar a cabo vigilias y actos en memoria de Jorge Steven, y la familia López Mercado le dio una lección de amor al mundo al combatir el odio que arrebató a su hijo con un amor incondicional. Su madre, amorosamente dijo que cuando su hijo salió del clóset, ella le dijo: “si antes te amaba, ahora te amo más”. Su padre perdonó al asesino de su hijo. Su hermanito Gaby invocó la memoria de su amado hermano con un “Qué viva Steven”.

Ahora bien, ante uno de los asesinatos más horrendos en la historia del País, el silencio ensordecedor de la mayoría de los líderes políticos y religiosos es una vergüenza de marca mayor. Les tiene que dar vergüenza de no hacer expresiones de solidaridad hacia la familia y allegados de Jorge Steven. Les tiene que dar vergüenza de no solidarizarse con las comunidades LGBT ante el odio que produjo este crimen. Les tiene que dar vergüenza de no condenar la homofobia en este caso y las acciones prejuiciadas del agente investigador. Les tiene que dar vergüenza que han olvidado su obligación constitucional de instrumentar la igualdad para todos los seres humanos.

Cuando comience el juicio del asesino confeso de Jorge Steven, simbólicamente se sentarán en el banquillo de l@s acusad@s, l@s verdaderos responsables de la homofobia que genera la violencia que hemos visto en este caso. Es claro, además, que no podemos permitir la revictimización de la víctima y que no se puede enjuiciar a quien ya no vive para defenderse, por lo que tenemos que procesar al criminal, no a la víctima.

El asesino confeso — Juan Martínez Matos — ya está sentado en el banquillo del acusado. Ahora bien, no podemos negar que la retórica de odio — de líderes políticos, religiosos y en los medios de comunicación — ha alimentado la homofobia que degenera en actos violentos como éste. Eso no lo podemos olvidar, ni obviar, sino que hay que confrontarlo directamente. La homofobia que ést@s han promulgado es tan responsable por el clima de violencia e intolerancia en contra de la orientación sexual e identidad de género de los seres humanos.

Es por éstas razones que en el banquillo del acusado, se sentará el presidente senatorial Thomas Rivera Schatz, pues al llamarnos “torcidos, enfermos mentales y criminales”, está incitando a la violencia en contra de las comunidades LGBT. Aquell@s que militan en el Partido Nuevo Progresista y que son partidari@s de Rivera Schatz, tienen la responsabilidad de dejarle saber que su conducta es reprochable y que tiene que detener su descarada homofobia. No pueden ser cómplices de su violencia, de su inmoralidad, de su desfachatez. No es catalogar sus expresiones como inconsecuentes porque son dirigidas a una sola persona como han expresado algun@s irresponsablemente.

Por ejemplo, cuando Rivera Schatz expresó sobre el caso de Jorge Steven que “un criminal había matado a un criminal en actividad delictiva”, el presidente senatorial no tan sólo ofendió a Jorge Steven, sino que hirió a su familia, amig@s y comunidad. Rivera Schatz me ofendió a mí, porque soy miembro de la misma comunidad que Jorge Steven. Rivera Schatz nos ofendió a tod@s y tenemos que exigir un detente a tan descarada, inmoral y dañina homofobia.

Del mismo modo, se sentarán en el banquillo de l@s acusad@s, líderes religiosos que usan una retórica de odio en contra de las comunidades LGBT, como Carlos Sánchez y Jorge Raschke. Estos falsos profetas utilizan el nombre de Dios en vano para menospreciar a seres humanos sólo por su inherente orientación sexual o identidad de género, atentando en contra del más preciado valor religioso: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. Sus acciones homofóbicas han llevado al suicidio a miles de jóvenes LGBT; han alejado de sus púlpitos a gente buena que quieren practicar su religión; han creado divisiones en hogares que han decidido seguir a una religión que discrimina en vez de amar a sus hij@s.

También se sentarán en el banquillo de l@s acusad@s, aquell@s que a través de los medios de comunicación, degradan y deshumanizan a las personas LGBT. Pues cuando Kobbo Santarrosa y Héctor Travieso utilizan la palabra ‘pato’ para degradarnos, están alimentando los prejuicios y el clima de intolerancia que degenera en violencia. Cuando se ven personajes estereotipados en la televisión o se escuchan parodias homofóbicas en la radio, están abonando a que se perpetúe el discrimen por orientación sexual e identidad de género. Son tan responsables del clima de violencia que degenera en casos tan atroces como éste, pues el odio comienza con una palabra, comienza con un prejuicio, comienza con un menosprecio.

Cada vez que un líder religioso o político habla con lenguaje de menosprecio a la gente LGBT, personas perturbadas se ven compelidas a actuar sobre su prejuicio y cometen actos violentos contra las comunidades LGBT. Que tengan en cuenta l@s religios@s y l@s polític@s que sus palabras tienen un efecto de permisividad a personas para actuar conforme a sus prejuicios contra la orientación sexual o identidad de género de seres humanos. Basta ya de tanta retórica de odio e intolerancia que motiva a la violencia.

Es hora de denunciar que el crimen es la homofobia. El discrimen por orientación sexual e identidad de género es ajeno a nuestra idiosincrasia como pueblo; va en contra de nuestros valores de respeto, amor y solidaridad; y es una de las formas más espantosas de deshumanización y menosprecio a la dignidad humana. Es hora de acabar con el crimen que es la homofobia y poner a l@s verdader@s responsables de este clima de intolerancia y violencia en el banquillo de l@s acusad@s. Es hora de hacer justicia.

Ante el panorama que nos encontramos en el 2010, me pregunto: ¿acaso la libertad tiene que esperar más tiempo, acaso la igualdad es algo que podemos calendarizar, acaso justicia tardía es justicia? Es por ésto que nos encontramos hoy aquí, porque el cambio que queremos ver tiene que nacer de nosotr@s, de nuestro trabajo estratégico, somos agentes de cambio y tenemos el poder para lograr ese cambio. Porque aún cuando podamos tener diferentes estrategias o visiones políticas, esta lucha es por nuestra humanidad, por nuestra igualdad y sí, también por la integridad de nuestro País. Porque cuando se trata de igualdad, la tienes o no. Y en nuestro caso, no la tenemos y eso dice mucho de nuestro Puerto Rico.

No somos iguales, pues Alexandra Delgado no ha podido cambiar su certificado de nacimiento para reflejar su realidad de que vive las 24 horas del día como una mujer. No somos iguales pues aún nos botan de nuestros trabajos como le pasó a la profesora Rosa Rodríguez Mercado y que acaba de ganar una demanda por despido ilegal y discriminatorio por su orientación sexual. No somos iguales pues aún nos asesinan por ser quienes somos, como le pasó a Jorge Steven, a Lonrry Lemus, Humberto Bonilla Rodríguez, Fernando López de Victoria, Michael Galino, Sandro Díaz Maysonet, Víctor Rodríguez, Jammal Torres, Ramses Flores, Leonardo Gamallo y toda aquella víctima que aún su crimen no se haya esclarecido y que pudo haber sido un crimen de odio.

No, no somos iguales.

La igualdad es un imperativo moral, pues quiénes somos y a quiénes amamos no pueden estar sujetos al debate político, no deben estar a la merced de los votantes y no pueden estar en juicio. No puede haber compromisos ni componendas con nuestros derechos humanos y civiles. A aquell@s que pretenden que esperemos, que lo tomemos poco a poco, que nos conformemos con migajas, les digo que no hay tal cosa como ser “un poco” igual. El no podernos casarnos con quien amamos, el que tengamos que regresar al clóset para ser aceptad@s en un hogar de ancian@s, el que tengamos que quedarnos en la calle cuando un@ de nuestras parejas muere y no tenemos protecciones legales. Eso no es ser igual.

Esta no tan sólo es una cuestión política, esto es una cuestión de dignidad. Y la dignidad no se negocia — bajo ninguna circunstancia. La igualdad, la justicia, la libertad no son promesas nada más, tienen que ser garantías.

Ya hemos esperado demasiado. Salgamos hoy de aquí, empoderad@s para lograr el cambio que queremos ver en el Mundo. Tenemos que encontrar las fuerzas para lograr ese cambio en cada un@ de nosotr@s. Encontrar la fuerza en esa estudiante transgénero que va a la escuela superior conforme a su identidad de género, sin miedo. Encontrar la fuerza en el amor incondicional de los padres y madres de aquell@s que han perdido sus vidas a causa de la violencia homofóbica. Encontrar la fuerza en esos estudiantes universitarios LGBT que se reúnen para crear su propia campaña en contra de la homofobia. Encontrar la fuerza en l@s aliad@s heterosexuales que luchan junto a nosotr@s pues no se sienten libres porque nosotr@s no somos libres.

Es@s son nuestr@s héroes y nuestras heroínas. Es@s s@n mis héroes y mis heroínas.

Estamos en un momento crítico en nuestro movimiento por la igualdad, la liberación y la justicia. Ya se siente que nos acercamos a la igualdad. Se ve a través del Mundo y qué vamos a hacer en Puerto Rico. Vamos a aprovechar este momento, buscando la inclusión de tod@s o sólo de aquell@s privilegiad@s poc@s. Tenemos que recordar que la igualdad legal es sólo la zapata de una sociedad transformada. Aún con la igualdad que han logrado las mujeres y los negros y las demás minorías que nos precedieron, aún no se ha logrado la justicia.

Para aquell@s que se sienten frustrados por lo lento que se produce el cambio, les digo que yo también. Pero esa frustración tiene que ser utilizada para transformar, promover y crear el cambio, no puede ser dirigida en contra de nosotr@s mism@s. L@s enemig@s no somos nosotr@s mismos — están allá afuera, bien organizados en su odio. Si nos desenfocamos, eso es precisamente lo que quieren nuestros detractores: nos quieren distraídos y en controversia, pues saben lo que podemos lograr cuando nos unimos y les aterra. Es por esto que no pediremos el cambio, no debatiremos el cambio, no planificaremos el cambio, no esperaremos el cambio — haremos el cambio.

Es hora de salir del clóset, contar nuestras historias, abrir los corazones y cambiar las mentes de nuestr@s conciudadan@s. Es hora de asumir nuestras identidades, reafirmarnos en ellas y crear espacios de entendimiento e inclusión. Es hora de cambiar nuestro entorno y construir el Puerto Rico que queremos y merecemos. Es hora de que nos inspiremos, es hora de crear una sociedad donde la igualdad sea incondicional, donde la aceptación de la diversidad sea la norma y donde la preocupación no sea a quien amamos, sino el hecho de que amamos.

Confío en que algún día escucharé a algún líder político de nuestro Puerto Rico pronunciar palabras similares a las que expresó el presidente español, José Luis Rodríguez Zapatero, cuando se legisló la igualdad en el matrimonio para las parejas gay y lésbicas en su país: “Hoy la sociedad española da una respuesta a un grupo de personas que durante años han sido humilladas, cuyos derechos han sido ignorados, cuya dignidad ha sido ofendida, su identidad negada y su libertad reprimida. Hoy la sociedad española les devuelve el respeto que merecen, reconoce sus derechos, restaura su dignidad, afirma su identidad y restituye su libertad. Es verdad que son tan sólo una minoría; pero su triunfo es el triunfo de todos. También aunque aún lo ignoren, es el triunfo de quienes se oponen a esta ley, porque es el triunfo de la libertad. Su victoria nos hace mejores a todos, hace mejor a nuestra sociedad”.

Hoy, las personas lesbianas, gay, bisexuales y transgéneros — enviamos un mensaje con una sola voz a nuestro pueblo: Nosotr@s somos víctimas del prejuicio, pero no nos comportamos como víctimas. Nos comportamos como seres humanos que exigimos igualdad, que exigimos respeto pues tenemos dignidad. Es hora de que se reconozcan nuestros derechos, se afirme nuestra identidad y se restituya nuestra libertad.

Nosotros somos tan human@s como lo son ustedes. Somos tan dign@s como lo son ustedes. Somos tan ciudadan@s como lo son ustedes. Somos tan iguales como lo son ustedes. Somos tan puertorriqueñ@s como lo son ustedes.

Es un hecho inevitable que al final del camino, Puerto Rico será para todos y todas.

La igualdad es un hecho inevitable.

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