
Creo que nunca he contado como Ginger llegó a mi vida.
Resulta que —al igual que Luna— fue rescatada por mi amigo y hermano Karlo. Llegó a un recital de la academia de baile de mi hermano y mi cuñada. Estaba —dentro de una bolsa de hilo— llena de pulgas.
Mami se enamoró inmediatamente— pues era colorá como ella— y la adoptó. Por eso se llama Ginger.
Vivió —como su fiel compañera— sin separarse hasta que Mami partió. Ella dormía en su propia cama, pero siempre del lado de Mami.
Inicialmente, Papi se quedó con ella. Desde esa misma noche que Mami falleció, Ginger se subió a la cama con Papi y nunca más se bajó.
Un tiempo después, le pedí a Papi que me la diera, pues se harían compañía Luna y Ginger. Se resistió, pues Ginger es la más adorable.
En una ocasión, Papi se fue de viaje y como siempre yo la cuidaba, me quedé con ella y nunca se la devolví.
Ahora resulta que quienes la cuidan —cuando viajo— son Papi y su compañera Melba.
Por mucho tiempo, Papi me pidió que se la llevara; pero yo vivía en Boquerón y usaba eso de excusa. Con el tiempo, se rindió, pues sabía que estaba en un hogar lleno de amor y con su tía/hermana Luna.
Resulta que Luna y Ginger se criaron juntas, pues jugaban todas las semanas, ya que siempre llevaba a Luna a casa de Papi y Mami.
Hace ya varios años, Ginger vive conmigo y Luna. En octubre alcanzará a Luna en su primera década de vida.
Ahora, no tan solo es mi hija —junto a mi primogénita Luna— sino que me acuerda a Mami todos los días.
Cuento todo esto, pues si tienes el espacio, el tiempo y los recursos, adopta.
Ginger ha hecho muy feliz a mi familia y sé que nosotros a ella. Al igual que Luna.
Al fin y al cabo, las “rescatadas” son las que verdaderamente nos rescatan y nos llenan del más puro amor.