El lamentable autorretrato publicado en Primera Hora «En el cuerpo equivocado«, reafirma la necesidad de continuar educando a la sociedad en general sobre nuestras realidades como personas lesbianas, gays, bisexuales y transgéneros (LGBT), pero resalta de manera particular la necesidad imperiosa de educarnos internamente como miembros de las comunidades LGBT sobre los miedos, mitos, prejuicios e ignorancia que motivan pensamientos de negación, de homofobia/transfobia internalizada.
La homofobia/transfobia internalizada se refiere al prejuicio que tienen individu@s en contra de su propia identidad, que causa una incomodidad severa o desaprobación a la orientación sexual o identidad de género propia. Usualmente la persona no puede reconciliar sus deseos y sentimientos sexuales y de género con las normas limitantes que fueron aprendidas de la sociedad, durante su crianza o por creencias religiosas fundamentalistas.
En algunas personas se manifiesta en una lucha interna entre las creencias aprendidas que confligen con sus fuertes deseos sexuales y emocionales. También puede manifestarse en comportamientos conscientes o inconscientes como cuando una persona se ve en la necesidad de promover o conformarse con las expectativas de la heteronormativa. Esto incluye represión extrema y negación combinadas con expresiones forzadas a favor del status quo, de la «normativa» para intentar aparecer como «normal» o para lograr aceptación.
En otras palabras, usar los mismos prejuicios (que se han usado contra esa persona) en contra de gente de su propia comunidad para lograr una aceptación ficticia, sin darse cuenta que está atacando lo que un@ mismo es. Como por ejemplo, criticar la parada de orgullo LGBT donde reafirmamos nuestras identidades y exigimos respeto a nuestros derechos; o tronar contra la expresión afectiva, abierta y en público, de una pareja del mismo sexo; o favorecer la exclusión de las personas LGBT del derecho al matrimonio; o apoyar una enmienda constitucional discriminatoria que negaría derechos básicos y fundamentales para esa misma persona; o despotricar en contra de esfuerzos por crear espacios religiosos que incluyan a las personas LGBT con plena aceptación de su orientación sexual o identidad de género.
Actitudes como las presentadas en este artículo impiden el respeto y aceptación, tanto propios como de la sociedad, pues tienen su raíz en los prejuicios que nos rodean, que de tanto oírlos y temerlos, los aceptamos e internalizamos consciente o inconscientemente. Una mentira repetida muchas veces acaba un@ por creérsela, y éste es el mejor ejemplo. Si no nos educamos para erradicar estas ideas erróneas, acabaremos por asimilarlas, llenando nuestra vida de amargura, complejos y miedos profundos.
Esta desvalorización, provocada por miedos que asumimos como reales, nos vuelve vulnerables, nos llena de fracasos en todo lo que proyectamos y deseamos. Pensamos que no valemos, que no merecemos nada. Sin embargo, lo que nos permite desarrollarnos como personas, en todos los aspectos, depende de una aceptación plena de lo que somos, rechazando la frustración y desvalorización personal que nos hace odiar nuestra orientación sexual o nuestra identidad de género.
La realidad es que la naturaleza sexual o de género de las personas no es el problema. El problema está en la consecuencia, individual y colectiva, de los prejuicios creados por la manipulación de quienes se creen portadores de la verdad absoluta en el plano moral, religioso y social.
A veces, la imposición de una sociedad heterosexista, en vez de una diversa, nos frustra al punto de envidiar sus privilegios. Buscamos respuestas sobre quienes somos y no nos damos cuenta de que están dentro de cada un@ de nosotr@s: la verdad sobre quien eres está dentro de ti… tómala, acéptala, respétala, ámala y defiéndela.
Porque cuando un@ se conoce, se respeta, se valora, se ama… puede vivir la vida a plenitud, libre de prejuicios, de miedos, de odios infundados. Cuando un@ se reafirma en su identidad, reafirma su dignidad.








