Es mucho más lo que nos une…

Desde que he estado en la vida pública, mucha gente me cuenta acerca de los recuerdos que tienen de mi Abuelo, por lo que hoy quiero reconocer a un ser que me honró con poder llevar su nombre y al amor de su vida, mi Abuela. Tuve la dicha, el honor y el orgullo de ser llamado como él, en honor a él. De los doce nietos, fui el único que tuvo ese honor. Mi abuelo materno, don Pedro Julio Burgos, fue un ser humano extraordinario… y me enseñó tanto.

Yabucoeño de corazón, puertorriqueño de pura cepa, Abuelo fue periodista por 57 años. Comenzó en el periodismo como Fotógrafo Preguntón en el desaparecido periódico El Imparcial. No tuvo educación formal, fue autodidacta. Y así como se educó solito, creció y se desarrolló en el periodismo, nunca se olvidó de sus raíces. Se mantuvo humilde, aún después del éxito que le acompañó toda la vida. Fue escalando posiciones hasta convertirse en el único puertorriqueño en dirigir cuatro periódicos: El Imparcial, El Día, El Vocero (el cual fundó) y El Mundo.

Su Carta Abierta se convirtió en una de las columnas más leídas en el periodismo escrito de nuestro país. Como consecuencia de ese éxito, escribió una compilación de esas Cartas Abiertas en un libro sobre sus viajes a través del mundo titulado ‘Epístolas de viajes’.

Tuvo un solo amor en la vida. Conoció a mi abuela Alice González en el Capitolio, mientras ella era secretaria del Senador Celestino Iriarte y él trabajaba como periodista de El Imparcial. Luego del amor a primera vista, tuvieron un noviazgo de sólo tres meses y duraron toda una vida juntos (53 hermosos años de amor). Un jíbaro de Yabucoa se enamoró de una muchacha de la losa de Miramar. Ese hombre de ‘cuna humilde’ enamoró a esa joven de ‘alta alcurnia’ 9 años menor que él. Sus diferencias se convirtieron en sus fortalezas y desarrollaron un amor que trascendió lo que podrían considerarse barreras invencibles. Tuvieron tres hijas, Marisol, Vilma y mi Mamá, Alicia.

Luego, tuvieron doce nietos, a quienes mimaron, ayudaron a criar y consintieron. Yo fui uno de los afortunados. Mis abuelos decidieron construir el que se convertiría en su último hogar en los altos de la casa de mis padres. Pude compartir con ellos en el ocaso de sus vidas y aprendí de primera mano, el verdadero significado de lo que es amar.

Uno de sus legados más importantes era que todos los años, sin falta, íbamos tod@s a Yabucoa, a casa de su hermana, titi Juanita, a celebrar el Día de Reyes. Allí con música típica, gandinga, arroz con gandules, morcilla, pernil y coquito… celebrábamos la Navidad a lo puertorriqueño. Aún se mantiene esa tradición… en honor a su memoria.

Me enseñó sobre oratoria, política, derechos civiles, periodismo, redacción y liderazgo. Pero sobre todo, me enseñó a ser humano. Siempre me dijo que no podría ser periodista, porque no suelo ser objetivo, sino que me dejo llevar por las emociones. Pero me dijo que como todo lo hago de corazón que sería un buen líder. A Abuelo todo el mundo lo quería, pues utilizaba sus contactos y sus recursos para ayudar a los demás, a toda persona que se acercara a él. Lo mismo cenaba con grandes figuras políticas y artísticas, como almorzaba con el empleado de almacén del periódico donde laborara.

Cuando me encontraba en mi cuarto año de escuela superior, inesperadamente, mi abuelo sufrió un derrame cerebral que lo inhabilitó de continuar una vida normal, por lo que mi Mamá, mis hermanos, mi Papá y yo nos encargamos de cuidarlo y atenderlo. Esos años fue cuando aprendí de primera mano, lo que es amar… al ayudar en el cuidado de un ser que tanto nos dió y que ahora necesitaba que correspondiéramos ese amor.

Cuando Abuelo falleció, continuamos cuidando de mi Abuela, quien padecía de Huntington Korea (que es una mezcla de Alzheimer y Parkinson) hasta varios años después cuando también muere. Sin lugar a dudas… el amor de estos dos seres fue la zapata de la gran familia que legaron a nuestra tierra. Su amor trascendió las diferencias socioeconómicas, las diferencias de edades, las diferencias culturales que pudieron ‘afectar’ su relación porque su amor era verdadero. Además, su amor era incondicional tanto para familiares como para desconocid@s, su amor era amor de verdad.

Como me llamo como él, sé que tengo unos zapatos enormes que llenar… pero sé que si sólo hago un poco de lo que él hizo en la vida, aún así sería grande mi contribución a un Puerto Rico mejor. Hay sólo que imaginar el gran legado de este gran yabucoeño. Sin lugar a dudas, no sería el hombre que soy hoy si no fuera por el paso de este extraordinario ser por mi vida. Así como por el maravilloso amor de mi Abuela.

Por eso, hoy – con estas humildes líneas… te digo Abuelo, gracias por permitirme llevar tu nombre y tratar de honrarlo luchando por un Puerto Rico para tod@s. A ustedes dos, Abuela y Abuelo, gracias por enseñarme con su amor, con sus vidas lo que se ha convertido en mi lema de vida… sólo si nos adentramos en los corazones de los demás, descubrimos que es mucho más lo que nos une que lo que nos diferencia.

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